"Los
niveles de incompetencia" y el desarrollo personal
Contra
el principio de Peter, la filosofía de estar en forma
Peter resulta divertido, con el humor que nos gusta. Algo
demoledor, me parece. Yo seré más optimista.
Quizás tengamos razón los dos, o ninguno.
Pero decimos lo contrario. Peter dice que a un empleado
que hace bien su trabajo se le quita la tarea que realiza
con soltura y competencia y se le sube de categoría.
Por tanto, se le coloca en una tarea superior, que no conoce
y en la que, al menos al principio, es incompetente.
Cuando la llegue a dominar, sus jefes dirán que
es un buen chico y lo pondrán en otro puesto más
difícil todavía, para el que nuestro amigo
vuelve a ser incompetente. Si ese trabajo se le enreda
y no es capaz de sacarlo bien, torcerán el gesto
y lo dejarán ahí, hasta que se jubile.
Concluye Peter que todos nos encontramos en nuestro nivel
de incompetencia, que es el estable. Cuando somos competentes
en algo, se nos promociona, para que no lo seamos. Resulta
ingenioso y se parece a la realidad: nos suscita una sonrisa
triste. Como un chiste negro, que nos gusta contar cuando
estamos arreglando el país. Contra este principio
enunciamos el de estar en forma, que dice así:
Nos hacemos verdaderamente incompetentes cuando nos dejan
en un puesto que ya no presenta problemas para nosotros.
Cuando lo podemos llevar con el dedo meñique. Mientras
tenemos que agarrarnos con todas las uñas a la
tarea, porque nos viene alta y se nos escapa, estamos
haciendo músculos mentales de competencia. Nos
hacemos más capaces en la medida que nos esforzamos
y los golpes de viento no nos cogen sesteando.
Lo decimos y lo probamos
Las estadísticas dan el más alto coeficiente
de inteligencia a los 23/25 años. Según
los tests, desde esa edad el declinar de la inteligencia
no se detiene. (!) Sin embargo, es evidente que el deterioro
mental no comienza a tan temprana edad. Si así
fuera alcanzaríamos la incompetencia con que sólo
pasaran unos años. El pesimismo de Peter, comparado
con la realidad, sería un desbordado optimismo.
La más obvia experiencia nos dice que el declive
de las capacidades mentales se produce mucho más
tarde. La plenitud del hombre, cito a Ortega, se sitúa,
en opinión de Aristóteles, a los 51 años.
La esperanza de vida ha variado notablemente desde entonces,
pero no es creíble que la capacidad mental lo haya
hecho en sentido contrario. Si hoy nos dicen que la vida
del hombre naturalmente rebasa el centenar de años,
parece un contrasentido que desde los 23 empiece a empobrecerse.
Pero las estadísticas están ahí.¿Cómo
se explican, si no por el inicio del declive a los 25
años? Creo que existe otra explicación,
que prueba el aserto subrayado más arriba: el trabajo
rutinario, que es el de la mayoría, resulta deprimente.
Hasta los 25 años los jóvenes estudian
diversas asignaturas, buscan y ocupan sus primeros puestos
de trabajo, consistentes muchas veces en ayudar donde
hace falta. A partir de esos años, estadísticamente
hablando, se obtienen los puestos fijos, especializados,
que terminan siendo ejecutados con facilidad. La facilidad
trae la "competencia" que gusta a Peter, pero
también el desuso de las facultades superiores
de la mente. Todo se automatiza, se maquiniza y...
La inteligencia puede olvidarse
El fenómeno repetido de la decadencia de los pueblos,
de las familias que llegaron a ciertas cotas de riqueza
y poder, se explica de manera semejante.
La primera generación sube, la segunda acrecienta
y organiza, la tercera dilapida y abandona.
La segunda generación ha conocido el esfuerzo
paterno, la tercera nace en la facilidad: todo se alcanza
a pedir de boca. No quiero ser masoquista, pero "el
trabajo es salud". El esfuerzo es el puente entre
la conciencia y la realidad, como explicamos en el capítulo
anterior, y nos hace mucho bien.
Veíamos al comienzo que la inteligencia no es
un saco roto, sino todo lo contrario. Una acumulación
de información , convenientemente ordenada y estructurada
, que es capaz de ser evocada y relacionada con los datos
del nuevo problema.
La inteligencia operativa o eficiente, la única
real, necesita, además, ciertas dosis de serenidad
y rapidez . Si nos turbamos emocionalmente ante la novedad
del problema, se paralizan los automatismos de la evocación.
Ante un test que pone a prueba su capacidad, el joven
cuenta con la costumbre de verse sometido a exámenes.
El maduro se llena de miedo: porque olvidó la época
en que hacía pruebas escritas y porque se ve amenazado
en su prestigio. El joven tiene la humildad de admitir
que le prueben.
Si no contamos con la velocidad de ejecución que
requiere el problema, de nada sirve llegar tarde. Se desiste
de probar nuestra capacidad, cuando alguien ya resolvió
el cálculo mental con la maquinita. Los que ejecutan
cada día tareas similares pierden reflejos y recursos
para el cambio de método, para la búsqueda
de lo desconocido. La gente joven no hizo otra cosa que
enfrentarse a lo desconocido, lo difícil y pionero.
Y resuelve mejor los tests, porque aún conserva
la agilidad que le ha dado la escuela, el ser chico para
todo y estar a la que salta.
Y que cumplas muchos más
Por esta misma razón se mantienen en plenitud de
forma mental, hasta muy avanzada edad, los artistas creativos,
los altos empresarios, los hombres de ciencia y los grandes
políticos. Los que diariamente se enfrentan con
nuevos desafíos, de envergadura superior a la normal,
consiguen vivir más tiempo y rendir más.
El trabajo malo, el que nos mata día a día,
es el trabajo aburrido, querido y pensado por otros, el
que afortunadamente vienen a realizar las máquinas.
El trabajo con estrés excesivo, exterior o interior,
nos destroza. El infarto se ocupa de probarlo. La compulsión
exterior, la angustia interior, hacen daño. El
ejecutivo entre comillas, mercenario de su talento de
gestor, que ejecuta implacable lo que le dice el planning,
no es saludable. Por otro lado, el trabajo sin estímulos,
sin ilusión interior ni recompensa exterior, nos
aboca al declive del embrutecimiento y la esclerosis.
Nada más triste que el empleado que suspira por
la jubilación y que se derrumba en pocos años
al comprobar que se encuentra libre y no tiene nada que
hacer.
El buen estrés, el buen estímulo, es el
que nace o se recibe con espíritu deportivo. Sólo
somos señores cuando trabajamos gratis. Trabajar
gratis no significa aquí dejar de recibir una recompensa,
pecuniaria o moral, de otros. Sino trabajar con gracia,
por generosidad interior, por amor al trabajo mismo, por
ser "amateur", por la mejor recompensa del trabajo
bien hecho, sin que duela el que otros se aprovechen de
lo bien que lo hago.
Es preferible trabajar gratis, en el sentido expuesto,
que cobrar gratis. Recibe gratis su sueldo el que trabaja
con desgana, el que no se gana lo que le dan. La mayor
desgracia de un hombre es tener que aceptar un subsidio,
ya sea el del paro, descubierto o encubierto, o le llamen
trabajo comunitario.
La promoción de sí mismo: venderse
barato, para valer más
Sigamos con lo de gratis, ahora como inversión
en sí mismo, con lo que tiene de riesgo, como es
arriesgado el deporte y el amor.
He recomendado en no pocos seminarios, con escándalo
de los que no me quisieron entender, que hay que trabajar
por un sueldo superior al que se recibe. La mayoría
me entendió bien, porque comprendió que
estaba "compinchado" con ellos y no con la empresa
para la que trabajaban. Nadie, les decía, puede
poneros una losa a lo que podéis llegar a valer.
Si trabajas como un profesional de cien, aunque recibas
ochenta, terminarás siendo un hombre de cien. Si
te reduces a dar como ochenta, nunca dejarás de
ser de ochenta, por más que protestes de los otros
o de tu mala suerte.
Prepararse para el siguiente escalón es la manera
de hacer bien el que tienes ahora. Como nadie te lo paga,
lo haces por ti mismo, no para recibir mañana,
sino porque eres grande. Cuando en un trabajo cualquiera
vamos apurados, saliendo de las urgencias inmediatas,
las cosas no salen bien.
Cuando se trabaja para mañana, para dentro de
un mes o de un año, la gratuidad aparece en forma
de serenidad y gusto. Y en forma de inteligencia previsional,
que es la creativa, la que admite ensayos, estudio y corrección.
Las aficiones, el pluriempleo visto bien
A veces sobra demasiado tiempo y la tarea no requiere
todas mis energías ni tanta previsión. Hay
que buscarse otra cosa, fuera de ese trabajo, para mantenerse
en forma, para no aburrir el alma ni las manos. Son envidiables
los que disfrutan de una o muchas aficiones: les vemos
vivir para ellas, hablan de ellas, se acuestan y se levantan
acompañados.
Pero son más sabios los que se interesan, además,
por las aficiones ajenas. No dan el latazo con las suyas,
si no les preguntas. Tienen el encanto de decirte que
debe ser fascinante lo que haces. Y se dejan introducir
en los gozos secretos de tu afición. Mentes abiertas,
que nunca serán viejas. Que se encuentran en forma
para emprender cualquier tarea.¿Cómo van
a ser viejos, si les queda tanto por hacer?
Aprendices de todo
Se nos llena la boca con aquello de ser unos profesionales
de algo. Antes se decía maestro. Y no quiero ir
contra el legítimo orgullo de ser buenos profesionales.
De la profesionalidad hablamos bien en otro momento.
Ahora me gustaría comunicar, todavía en
contra de Peter, la necesidad de insistir en lo opuesto
a la maestría y la oficialidad, que él llama
competencia: en lo conveniente que resulta la disposición
del aprendiz, aunque aquí le estemos llamando "nivel
de incompetencia". Un hijo de hombre y un cachorro
de animal se diferencian, entre otras cosas, en el tiempo
que dura su aprendizaje. Curiosamente, el más listo
tarda más. La hominización consiste en ir
despacio para llegar lejos, como se recomienda en tráfico.
Una excesiva delectación en la profesionalidad
se parece al engreimiento de los precoces chimpancés,
por nombrar un animal. Antes que nuestros niños
vayan a la EGB, ellos son adultos de pelo en pecho y voz
enronquecida. No hay quien les tosa. A los dieciocho meses
habría que mandar a la mili a un guaguau. Pero
no aprendería nada, porque ya está hecho.
Es un competente profesional, sin ofender, de perro.
Perfectos, pero atléticos
Es preferible poder decir "no pretendemos ser perfectos,
pero cada día lo somos más". Nos han
metido en la cabeza la idea agobiante de ser perfectos.
Conviene serlo en el sentido evangélico, pero nada
más. Se nos dice que seamos perfectos, como el
Padre Celestial, que perdona setenta veces siete. Para
ello, sin duda, ha de tener un gran sentido del humor,
en plan caritativo, y ser capaz de aceptar trabajos menos
perfectos, como los nuestros, que a la vista está.
Ser perfecto debe consistir en tener un gran proyecto,
al que uno está entregado; tan grande, que absorbe
en el conjunto la posibilidad de algunas imperfecciones.
Entre los diversos temperamentos, es el atlético
el que suele tener mayores éxitos, se pongan donde
se pongan. No son escrupulosos ni pusilánimes,
que tales perfeccionismos abundan más en los cerebrales
y pícnicos.
El atlético, como buen deportista, pone el placer
del mismo esfuerzo y de la obra realizada por delante
de otras consideraciones. Se le ve crecer en su entorno.
Promueve equipos, crea empresas, levanta casas, inventa
máquinas, trae hijos al mundo, tiene donde plantar
árboles y no le faltan agallas para escribir libros,
si hiciera falta.
Cuando tiene empleados, da pábulo a sus críticas,
porque no es perfecto, constantemente deja ver su incompetencia.
Cómo es posible que esté ahí, se
preguntan los que no han llegado. En muchos casos tienen
razón. Pero deberían preguntarse por qué
ellos temen tanto equivocarse. En la nueva aventura del
gran proyecto caben los errores, cierta incompetencia,
porque es eso lo que se intenta superar: el ser pequeños,
por encogidos.
Hemos oído que la libertad humana y el mando consisten
en poder equivocarse. La realización de uno mismo
quizás consista en el valor de elegir algo más
de lo que soy. Consiste la verdadera "competencia"
en competir consigo mismo. En no repetir lo ya aprendido.
En no seguir amamantando al hijo ya crecido. En no volver
a cazar las presas apresadas.
en competir consigo mismo ;
en no detenerse a repetir y a repetir lo que ya está
aprendido;
en no contentarse con saltar el listón conquistado;
en no seguir amamantando al hijo ya crecido;
en no detenerse nunca a recazar la presa ya inmóvil.
(Que si tienes que decir lo mismo, lo digas cada vez
con algo nuevo)
Con el debido respeto al Sr. Peter, repitan
conmigo:
lo importante no es vencer (demostrar cierta competencia),
sino participar (competir siempre por superarse).