Francisco UMBRAL
Acontece que el escritor que ha quedado como paradigma del articulista en la literatura española no ha escrito un solo artículo. En los escritos de Larra se encuentra de todo, menos un artículo. Los escritos de Larra están hechos con jirones de Enciclopedia, jirones de folletín y jirones de su propia vida. Larra revoluciona el género al mismo tiempo que lo crea.
Lo que luego hemos entendido por un artículo son los de Ganivet, los del 98, los de Ortega y todos los escritores de la Revista de Occidente. Después de la guerra, surge en España una generación o dos de articulistas muy literarios, muy culturistas o muy líricos. El artículo, en fin, tal como nos llega de escritores extranjeros, consiste en seleccionar una idea y desarrollarla en no demasiadas palabras, mediante la cultura, la ideación, el ingenio, el sentido común o el estilo, observando siempre un nivel de legibilidad que es el que requiere algo que se supone va a ser muy difundido. No es el caso de Larra.
Larra parte de una idea, sí, o de un tipo, o de un hecho, o de una noticia, y enseguida se enreda en otras cosas, pone en marcha una historia o nos cuenta sus propias entradas y salidas, hace apartes de sí mismo para aludir al Gobierno, cuenta unas anécdotas, sigue con su historieta, se pierde otra vez y sólo al final queda redonda, cuajada, expresada, realizada, la idea del comienzo.
Al gran poeta José María Valverde le debo yo la idea de melodía respecto de cierta manera de hacer artículos con sentido musical, abandonando el tema central para incrementar temas marginales, volviendo atrás para retomar motivos abandonados, llevando adelante, en tromba o en hilera, un tropel de ideas que vienen, finalmente, a sutilizarse en una sola.
Eso es lo que hacía Larra, querido y admirado Valverde.
En esto sí es Larra un romántico, dándole a la palabra su sentido más vulgar: un desordenado. Un aparente desordenado, claro, un virtuoso del desorden, un melodioso del orden. Porque hay que suponer que Larra, que era personalmente un hombre de movimientos nerviosos, rápidos, enérgicos, decididos, no abandona esos tics cuando escribe, y va como saltando de unas cosas a otras, pero conserva el señorío de todas mientras hace su artículo. Evidentemente, Larra no quiere encerrarse en el carril de un solo tema. No es el hombre que, paseando por el Prado, vaya toda la mañana detrás de un solo talle. Seguramente se vuelve a mirar a todas las mujeres. Larra empuña las riendas de muchos temas, lleva adelante la cuadriga de la actualidad, los cuatro caballos de los cuatro jinetes del diario apocalipsis político y social. Flanneur y pisaverde, ilustrado, quiere estar en todo y con todos al mismo tiempo, meter todo Madrid en un artículo, meter el mundo entero en Madrid.
Antes que un escritor universal, por sus temas, por su tema (que es él mismo: o sea, el hombre), Larra es un escritor cosmopolita, mondaine.
Veamos de analizar por separado los ingredientes que pueden encontrarse en un artículo de Larra. Como punto de partida, chispazo o motivación, una idea o un caso que le ha conmovido y que suele ir ya bastante expreso en el título (los románticos aún no habían alcanzado la malicia de los títulos que no dicen nada o que dicen otra cosa). En seguida, del artículo arranca una historia, un sucedido, el retrato de un tipo genérico, algún tipo madrileño de moda en el que puedan reconocerse todos los lectores y nadie en concreto. Decía el decálogo de los guionistas de Hollywood que a los cinco minutos de proyección tiene que haber ocurrido algo que clave al espectador en la butaca. El artículo, por su brevedad, tampoco puede permitirse el despliegue inicial, lento, majestuoso, poco significativo, de la novela tradicional.
El que va el que iba a leer uno de aquellos novelones de Balzac o Dumas o Víctor Hugo, se sentaba cómodo y tenía todo el tiempo, todo el siglo por delante. Pero el lector de periódicos es ya un lector moderno, apresurado, urgente, necesitado de información, que no tiene todo el siglo por delante, sino sólo media hora de ese siglo. O se le agarra en seguida o pasará la página. Esto lo sabe Larra como lo sabe todo buen articulista, todo articulista nato, de raza, de sangre.
Desgraciadamente, nuestros periódicos están llenos de artículos escritos por escritores que, buenos o malos, ignoran lo que es este género y arrancan ya de manera lenta y extensa, volando bajo, como si fueran a ponerle un prólogo a la Historia de Roma de Mommsen. Naturalmente, nadie los lee. Sólo se les entrelee, si la firma tiene algún atractivo.
Larra, heredero de Voltaire y del folletín, sabe que hay que escribir urgente y meter de por medias una historia de portería, aunque se vaya a resolver en el artículo el misterio de la Santísima Trinidad.
Esto no son concesiones a lo fácil. Esto es el nacimiento de un nuevo género literario, que se adapta a su circunstancia como el teatro griego se adapta a la circunstancia de los griegos, y gracias a eso vale hoy, también, para nuestra circunstancia. De modo que una idea y una historia. Con estos dos elementos arranca cualquier artículo de Larra.
¿Va a desarrollar una idea mediante una historia, mediante un ejemplo, va a hacer hablar a los habitantes de Madrid, a los animales de los fabulistas, a su criado, va a hablar él mismo, ese él que no es él, sino un narrador al que necesita de más edad (para evadirse de las críticas que formulará a los jóvenes de su edad)? Seguramente va a hacer esto. Pero, puesto ya en marcha el ferrocarril anacrónico de su artículo, Larra va en el ténder saludando a todo el que pasa, a todo el que le ve pasar, con golpes de chistera u olvidos de la mano, y haciendo comentarios rápidos, fugaces, viajeros, sobre unos y otros.
El artículo parece que corre raudo hacia el descarrilamiento final. La sensación que tenemos, al fin de muchos de sus artículos, es que Larra se ha apeado de ese tren o diligencia de la comedia humana, en una estación cualquiera, y vuelve solo y meditabundo a su casa de la calle de Santa Clara, entre dos luces, dejándonos en un aura de gas y reflexión. Todo artículo de Larra, sí, es un viaje. Generalmente, un viaje alrededor de Madrid, un periplo casi turístico, si no fuera tan crítico.
Naturalmente, Larra hace todo para enriquecer una idea inicial, para galvanizarla, para que la idea viva y no vaya agonizando en la mera reflexión plana, sobre su mesa de café o despacho, con eso que tienen los románticos de existencialistas previos, que una idea sólo será verdad si encarna en actos, si actúa, si se realiza.
Por eso saca las ideas a pasear.
Pero quizá sabe más. Sabe que no existen las ideas, las inmanencias. Que sólo existe la vida y que únicamente de una jornada intensa por Madrid, de una noche de baile, carnaval o calaverada puede traer a casa o llevar al periódico un artículo. Las ideas, las únicas ideas ciertas, actuantes, sólo se le ocurren a la vida, sólo las da la vida.
Larra vive primero sus artículos.
Pero hay otras razones meramente literarias o que pertenecen principalmente a la psicología del escritor, a la psicología de lo literario. Escritor es el que enriquece sus temas. Mal escritor, el que los empobrece. No hay otra definición. Los temas son temas contados. Todos partimos de los mismos, desde Heráclito a Larra o a hoy. Incluso es frecuente que el escritor de raza prefiera el tema delgado, secundario, lateral, para irlo enriqueciendo, para irlo trasladando al tema central, esencial, porque en esto hay un proceso estético que define al artista. No escritor, mal escritor (aunque muchas veces glorioso y gloriado) es el que se plantea los grandes temas frontalmente, creyendo asegurarse su grandeza personal por la grandeza del tema elegido o retado.
No hay escritor, no hay artista si no hay proceso creador, juego de espejos, danza, en lo que se escribe. La extrapolación de un tema lateral a tema central, o a la inversa, es uno de los múltiples procesos literarios, creadores, que se dan en la obra de arte. La cristalización de que habla Stendhal respecto del amor, es quizá mucho más verdad respecto de lo literario. El escritor-escritor es esa mina de sal a la que se puede echar cualquier palito, rama o piedrecilla. Cualquier tema le vale al escritor.
Su proceso de cristalización se pone en marcha en torno a cualquier cosa. De una minucia, de una anécdota, de una hoja seca se ha hecho una joya: novela, poema, crónica. Escritor, sí, es el que enriquece los temas, aquél cuya alma cristaliza en torno a cualquier tema, craquelándolo de verdad, lenguaje, autobiografía, sabiduría y refulgencia.
Los artículos de Larra, políticos o costumbristas, son minucias enriquecidas, son la perla fraguada en torno a un grano de arena, son mucho más de lo que son, porque Larra, para hacer un artículo, ha inmolado una novela, un ensayo y un chisme madrileño. Articulista es el que se inmola.
Pero digamos, descendiendo sensatamente en las escalas de la voz, que Larra, más que un articulista, es un cronista. El artículo tiene algo de ensayo enano, frustrado, abortado. La crónica es la crónica. Del escrito satírico de Voltaire y el folletón de los periódicos madrileños, Larra ha obtenido una tercera cosa: la crónica moderna, un producto ya completamente actual que nada tiene que ver con la Crónica de Indias, por ejemplo. Esta crónica moderna lo es por dos razones: brevedad y subjetivismo.
Resume la vida, la época, el siglo, y lo hace desde una subjetividad pensante, inalienable, no desde una historicidad sobrenatural. Larra es el huso en torno del cual gira y engorda todo el copo de la actualidad y la Historia, de la sociedad y la noticia. No sólo divaga sobre una idea de libertad o justicia, sino que se envuelve en la vida toda como en una capa.
Como ha dicho alguien, todo el 1800 está en una frase de Larra.